EL TOLIMA NOS HA INVITADO A SENTIR A TRAVÉS DE LAS ARTES.

Un relato de viaje, sobre una ciudad que nos mostró su lado cultural.

Nuestros días viviendo a las orillas del mar caribe fueron esplendidos. Las noches se vestían de un negro intenso mientras nuestros cuerpos se fundían en uno solo, aquel cuartito sencillo fue testigo de interminables noches de sudor. Los días se vestían de un elegante azul, mientras tomados de la mano recorríamos de arriba abajo sus solitarias playas. Allí vivíamos en una burbuja surrealista, tan erótica como confusa.

Pronto llegó la ausencia, algo faltaba. Necesitábamos otro estilo de movimiento, algo que no nos ofrecía las paradisiacas playas de la costa colombiana. No fue hasta hace unos días que descubrimos qué era.

Ya abandonamos aquellas tierras oníricas. Ahora vivimos entre montañas que resguardan una pequeña ciudad, llamada la capital musical de Colombia, que se viste de sonidos todo el tiempo.

Aquí el frenesí de llevar un ritmo constante nos domina. Sobre esta ciudad del Tolima que se cree pueblo, pero que cada vez es más ciudad, empezamos a descubrir qué es lo que nos falta, cuál es la ausencia que comenzó a manifestarse y posarse sobre nuestros días caribeños de desesperación.

Voy a tratar de relatarle los hechos que dieron como desenlace el reconocimiento de un estilo de movimiento adquirido e inamovible de nuestra vida nómada.

Todo comenzó un miércoles, el día predilecto por cualquier grupo cinéfilo para proyectar ciclos de cine. Unas semanas atrás, en la universidad del Tolima, descubrimos un cartel con la programación de películas latinoamericanas, el cual seguramente era alentado por un grupo de estudiantes de comunicación, sociología, psicología o cualquier otra carrera de humanidades.

Era este ciclo la excusa perfecta para darle una vuelta a la Universidad del Tolima, un lugar en el que hemos aprovechado interminables tardes para sentarnos uno junto al otro, para hablar y hablar de esta vida y de la de otros, de nuestros sueños y frustraciones. De nuestra particular forma de existir, adornados con el imponente paisaje montañoso.

Eran las 6:00 pm y mientras descendíamos de un edificio de la universidad que tiene una tranquila vista, nos dimos cuenta que aquel ciclo no se realizaba en la universidad. Un cruce de cuentas y cables nos tenía en el lugar incorrecto. Corrimos porque queríamos asistir. Aunque de la película no sabíamos nada más allá de su postulación chilena para los Oscar, la verdadera intención era encontrar un nuevo espacio alrededor del cine, descubrir sus personas, sus dolientes.

Pronto llegamos a un edificio en pleno centro de la ciudad, un centro que amamos profundamente; que tiene una evocación hermosa, que mezcla el ambiente del pueblo con altos edificios. Llegamos con premura, pero a tiempo.  Ya estamos dentro de un pequeño salón con una bonita terraza, los asistentes son personas adultas, hombres y mujeres de 50 a 60 años.

La doliente es una mujer enérgica que debe estar acercándose a los 60. Aquella mujer de voz gruesa, nos comunica que la película programada no se podrá proyectar, pero que tendremos el honor de ver “Lugares comunes”, una película Argentina del 2002, protagonizada por el afamado Federico Luppi.

Las luces se apagan y 3 mujeres comienzan a corear el tango “Amor de mis amores” de Agustín Lara, que acompaña los créditos iniciales de la película. Sus voces llenas de experiencia nos prometían un encuentro lleno de pasiones.

Todas aquellas mujeres, muy bien peinadas, perfumadas y vestidas, veían atentas la película, solo el silencio de aquel salón se esfumo cuando Federico Luppi, en su papel de Fernando Robles, da tremendo discurso como respuesta a una coquetería de Tutti Tudela, una mujer madura que porta con elegancia su belleza natural, de profesión bibliotecaria que está rendida a los encantos del hombre con cabellos blancos y prosa impecable.

Todos los asistentes del pequeño cine club, sonríen cómplices de un innegable sentimiento, el de sentirse amadas, el de sentirse identificadas, de la certeza de conocer el sabor del amor a esta edad.

Al terminal la película todos hablan enérgicos, comentan sobre la frivolidad que tiene llegar a la adultez y a la jubilación. Todos expresaban su conexión inmediata con la temática de la película, estaban experimentando en carne propia sentirse viejos. Y aunque a nosotros en cambio la película nos daba una reflexión sobre la frustración y el deseo de la libertad a través de la negación de sentirse inútil, eran válidas sus apreciaciones, se sentían conectado y satisfechos de verse reflejados a través de tan bello guion.

Esa noche salí de aquel edificio dando saltos de gloria, amaba encontrar aquel tipo de lugares, gozo encontrando indistintos seres, vanagloriarme con la presencia de personas que a través del cine piensan la vida, sin importar su edad.

Termina el día mientras el centro de la ciudad se engalana con una luna llena… verdaderamente majestuosa.

Al siguiente día, en lo alto de la ciudad, visitamos Bahareque hostal, que está impulsado encuentros cinematográficos los sábados. Llegamos para alentar el acopio del espacio y conocer a su dueña.

Sally es una ibaguereña que quiere construir un lugar cultural, ya ha recibido muchos extranjeros voluntarios que han estado trabajando hombro a hombro para materializar lo más pronto el lugar perfecto: un hostal lleno de arte, de cultura e identidad tolimense.

La Pola es un barrio de antaño, todavía conserva mucha arquitectura del pasado, del inicio de la capital Tolimense. Tomados de la mano, como de costumbre, vamos caminando por allí, hasta llegar al Museo de Arte, el lugar donde acudimos para enterarnos de todos los eventos culturales que hay en la ciudad. La cartelera es larga, hoy jueves hay música, teatro, más música y cine para niños.

Hemos decidido programarnos para la función de Circo y Títeres de la tarde. Mientras tanto ocuparemos el día leyendo a las afueras de la biblioteca del banco de la república “Darío Echandía”, que tiene un callejón tranquilo, en el que las hojas de los libros pasan, y podemos sumergirnos en las historias que estamos disfrutando.

Germán está concentrado en Factotum de Charles Bukowski, sonríe pícaro de vez en cuando, no quiero preguntar, pero estoy sospechando que algo en las líneas de la vida de Bukowski, lo han sobre saltado, quizás, solo quizás, podrían haberlo excitado. No lo confirmo.

Yo estoy tratando de concentrarme en la vida de Rasputín, un “batiushka” bastante carnal que me ha sometido a bastantes interrogantes con la reciente llegada del Papa Francisco. Pero en esos temas no voy ahondar.

Hay un chico flaco que está sentado frente a nosotros, nos ha estado analizando. Se nos acerca y nos comparte una invitación. Esta noche en la biblioteca que está a nuestras espaldas, habrá un Recital poético y de lectura de escritos en conmemoración a los derechos humanos. Nunca hemos sido amantes de la poesía, no la leemos con regularidad, pero nos pareció una buena oportunidad para darle al día un final diferente.

Estamos al frente de la universidad donde veremos circo y títeres, pronto deslumbramos que no era una presentación, sino que era la socialización de una beca de circulación de “itinerancias artísticas” que promueve el ministerio de cultura en Colombia.

Frente a nosotros, tres chicos hablaban de su experiencia al haber compartido con niños y niñas del Valle de Guamuéz, Orito, San Miguel y puerto Colón en el Putumayo al sur del Tolima. Allí la fauna y flora del lugar se mezcló con el arte y dio como resultado una grata experiencia que se quedará seguramente en la mente de los niños y niñas, transformando sus vidas.

Ya casi son la 7 pm. Estamos entrando a la biblioteca, está muy concurrida para la sorpresa de dos tontos como nosotros, que creemos que la poesía no tiene público, que equivocada estaba.

Con toda la benevolencia del caso, una mujer anuncia el inicio del acto, todo está perfectamente libreteado, cada agradecimiento, cada concursante, cada pausa de su texto.

El primero en el concurso del recital es Don José Nivia Montoya un poeta del Líbano, pueblo cuna de la familia de Germán y quién en menos de cinco minutos nos decepcionó con una introducción machista, con un discurso desgastado en épocas de equidad de género, que le costó muchos susurros del público y un vacío de aplausos.

Al conservador Don José eso no le importa, su meta estaba cumplida, había llegado hasta allí para relatarle en prosa al mundo que los valores se habían perdido, que antes las mujeres se conquistaban con flores y poemas, yo desde atrás agrego que con 3 vacas y un pedacito de tierra.

El siguiente en el recital de poesía es un hombre del cual no recuerdo su nombre, pero quien me recuerda a uno que otro hombre que he visto transitar por las calles, sin dos dientes y con la camisa desaliñada. Es un artista, un “showman del campo”. Agarra el micrófono y entona una canción que hablaba de una hermosa mujer, con una gran boca donde entraban muchos bultos de papas…  Dándole el toque divertido al encuentro.

Era una noche extraña, y aún faltan un sin número de invitados y concursantes, a la última que escuchamos fue la “milenium” del recital. Karen García ha estudiado poesía en Argentina y trae una prosa tan vanguardista como su pinta. El manejo del público es impresionante. Sube y baja el volumen de su voz cuantas veces crea necesaria para atraer y llevar al público por su ensayo titulado “Como escribir el silencio en cualquier obra literaria”. Nos sorprendió.

Entre aplausos y ovaciones para la joven, nos escabullimos entre el público, ha sido bastante para nosotros hoy. Necesitamos recogernos, extasiarnos un poco, y hablar, siempre hablar, siempre discutir el uno con el otro sobre nuestros días, sobre nuestras concepciones, sobre nuestras posturas y si al final de día no llegamos a un acuerdo, tenemos que resolver nuestros asuntos en la cama. Solo así podremos comenzar un nuevo día, de nuevas preguntas y de grandes respuestas.

En este ejercicio de escribir sobre nuestra vida nómada, he comenzado a extenderme. Le he tomado amor a narrar, aunque no sé, si de una forma atrayente, pero esa es mi vida, nuestra vida Cinemandante.

Me perdonarán ustedes, si a estas alturas del texto, ya le cansa mi relato. No le prometo que en las siguientes líneas su aburrimiento desaparezca, pero les aseguro que seguirá siendo un relato verdadero.

Han pasado tres semanas desde que llegamos al Tolima y los hechos que nos permiten apropiarnos de un estilo de movimiento inamovible, terminan con el relato de nuestro tercer día en la calles de la capital.

Mi cuerpo que aún está tendido sobre la cama y que Germán acaricia con desdén, quiere moverse.

Hay un vicio del cual no nos hemos despedido, y bueno creo que en fondo no queremos. Nos gusta sentarnos a beber algo de alcohol, para hablar y seguir hablando, para tratar de entendernos y entender. Es temprano, pero no tomamos para bailar, para salir con amigos, para disfrutar. Bebemos porque nos gustan los pensamientos que llegan con él.

Son las 12 pm y en nuestra licorera hay Ginebra. Germán toma el primer sorbo y con él se desboca una sonrisa. Otra caminata de varias horas por la ciudad estará acompaña de este extraño sabor, y de las letras de un pequeño poemario que nos regalaron la noche anterior y el cual tenemos intensión de leer en cualquier parque que se nos cruce.

Ya son las 5 pm, hemos hablado de tantas cosas; hemos leído y hasta nos hemos vuelto críticos de poesía. Somos un solo éxtasis, amamos esta ciudad rodeadas de montañas en el que hoy terminaremos el día frente a una pantalla grande.

La afluencia es grande, estamos sorprendidos. Entramos a la función de una película colombiana “La Sargento Matacho”, no sabemos mucho de ella, más allá de sus innumerables premios internacionales que ha logrado.

La película se desarrolla en las locaciones que hemos tenido la oportunidad de conocer, pero 50 años atrás, es la época de La Violencia que azotó a Colombia y al Tolima en especial. Conservadores y Liberales se matan a diestra y siniestra y entre ellos una mujer crece en medio del odio y el resentimiento, y se convierte en la primera mujer bandolera.

Allí sentada frente a esa pantalla, mientras veo en los ojos fríos de la protagonista el odio encarnado, la mente se me va. Vuelvo al pueblo del caribe, a ese pueblo que, aunque aplacible no nos había dado la oportunidad de rodearnos de estas historias, vidas y sucesos que ocurren en la ciudad, que ocurren al alrededor de la cultura tolimense, de los encuentros del cine, de personas interesadas en las artes, de los de la calle, de los del teatro y de los del café.

Estos sucesos de una semana rodeados de eventos culturales, de una agenda especial, de conversaciones interminables, de un brindis emergente de la poesía, nos hizo reconocer la ausencia de aquellas tardes de playas.

Amamos viajar, pero también amamos sentir a través de las artes, que todos los días en una invitación para hablar, leer, conversar y crear nuevos relatos como el que ustedes acaban de leer.

 

 

 

Jessica Cruz (31 Posts)

Soy realizadora de cine y tv, co-fundadora de Cinemandante, arriesgada, apasionada y aventurera. Nos vemos en las redes sociales o nos encontramos por el camino. ¡Buena mar!